Mi generación, la X, suele estigmatizar a las posteriores por hábitos y preferencias. No pocas veces he escuchado a mis contemporáneos referirse con desdén sobre millenials y centennials. Pienso que esto siempre ha ocurrido, y claro, cada generación tiene conductas que asume como las correctas y le cuesta comprender por qué otras generaciones no las practican.
Lejos de calificar, o
descalificar, cómo es cada generación, mi reto como comunicadora concierne a
que aquellas estrategias para marcas, campañas, y demás propias de mi oficio,
se segmenten de forma adecuada y lleguen con ideas válidas, eficaces y
resultado del conocimiento sobre ese segmento de mercado al que está apuntando
la táctica que concebimos.
El ejercicio profesional como
docente quizás ha sido lo que siempre me ha sacado de la zona de confort, pues
más allá de una marca con sus valores y necesidades, es mi propia marca personal
la que se ve expuesta. Sí, y con ello se descubren brechas tecnológicas y de
conocimiento sobre lo que esa generación demanda.
Saber cómo esa audiencia concibe
el mundo se torna vital para ser asertiva en mi comunicación hacia dichos
estudiantes. Curiosamente mi primera experiencia como docente fue en maestría,
hace aproximadamente doce años. En esa ocasión mis alumnos tenían mi edad o más
que ella, pues mi reciente graduación de postgrado me calificaba como docente,
pero a la vez me enfrentaba a esa validación, no del poder real, sino del poder
legítimo.
Tan gratificante fue la
experiencia que continué enseñando. Años después tuve la oportunidad de dar
licenciatura, nuevamente sentí en mis estudiantes el respeto ante alguien que conoce
lo suficiente para pararse al frente y enseñarles.
Pasaron los años y no volví a
ejercer la docencia, mi tiempo era limitado. Cuando volví
a tener la disponibilidad, volví a ejercer el rol, finalmente en mi
alma mater; pero esta vez la experiencia fue distinta, encontré chicos
inconformes con la vida, frustrados de tener que estudiar una licenciatura por
no poder conseguir el empleo de sus vidas recién graduados de la Universidad
más prestigiosa del país. Tan dispersos e indiferentes eran aquellos
estudiantes, que me dije, “tenían que ser millenials”, y sí, caí en el error de
estigmatizar y pensar que quizás lo mío no era más la docencia. Les parecía fea una aula con tecnología y mobiliario de primera, claro, no habían vivido las limitaciones de
mi generación. Exigían presentaciones cada vez más dinámicas, diseños únicos y
un derroche de recursos que ilustraran sus expectativas y que jamás iba a satisfacer.
Para aquellos chicos era más importante la forma que el fondo, y se negaban a escuchar, más pendientes de la salida a comer sushi después de clase, que de aprovechar el tiempo de formación.
Salir de aquel semestre fue una tortura,
no importaban mis esfuerzos, nunca iba a satisfacer a aquella generación
ingrata a la que mi experiencia incomodaba, y que se congraciaban con descalificar docentes, curiosamente personas a quienes yo apreciaba y sabía
grandes profesionales.
Pero como la vida me ha enseñado
a no darme por vencida, continué en la docencia, esta vez con alumnos de
bachillerato, que no eran de mi campo profesional sino de otras carreras, deseosos
de conocer sobre mi ámbito, la Comunicación. Esta vez fue un deleite, ¿por qué?,
me atrevería a pensar que por las expectativas que tenían dichos estudiantes,
que lejos de aproximarse a mis clases con lupas en busca de detalles que ellos
sentían podían hacer mejor, los estudiantes esta vez llegaban a mis clases con
ilusión por un nuevo campo profesional, y deseosos de aprender.
Cada vez más jóvenes, y cada vez
más ancha la brecha entre generaciones, aquel grupo de estudiantes se convirtió
ya no en un reto, como los del curso anterior, sino por el contrario en una
inspiración. Las horas que dediqué a ese curso no se remuneran económicamente,
pero sí se pagan con la satisfacción de la apertura que percibí. Llevé muchos
invitados, les hice clases que a mi criterio eran dinámicas, que los retara,
que los sacara de la zona de confort, y los pusiera a pensar.
Toda esta antesala de contexto me
lleva finalmente a presentarles el tema en cuestión. No es que entre generaciones
haya necesariamente incomprensión, sino que es en ese intercambio de
expectativas que pueden o no entenderse.
Recuerdo la primera clase en que
les pregunté por qué medios se informaban y las respuestas en su gran mayoría giraron
en torno a Instagram, Twitter, páginas de memes y Facebook. Que su contacto con
las noticias fuera porque los papás encienden el televisor a la hora de
almorzar, o porque mientras permanecen en el gimnasio las ven de rebote, me
resultó aterrador.
Inculcarles el hábito de
informarse, fue mi aspiración, curiosamente resultó más fácil de lo que pensé,
y bastó con asignarles el seguimiento a fuentes afines a su campo profesional,
para que me sorprendieran semana a semana con sus hallazgos.
El promedio de dicha generación
rondaba los 23 años, yo en mis 43, lejos de concebirme como “la señora”, me
sentí tremendamente identificada con las ansías de conocer de mis alumnos.
Curiosamente el target al que me dirigía era amplio, los había de 19, pero
también de 32 y hasta de 42.
Sé como comunicadora de la
importancia de segmentar nuestro target, ¿pero es acaso la edad lo importante?,
¿no será más bien la actitud?
Hoy finalizo 11 lecciones con un
grupo que me devolvió el gusto por la docencia. Restan cuatro clases más, las
cuales impartiré ya no a los 30 estudiantes, sino a grupos de 3 a
los que mentorearé en su trabajo final. ¡Cuánto trabajo adicional dirán algunos!,
pero no, son sus propias marcas personales las que modelaré, ayudándoles a
desarrollar “pilotos” de productos gráficos y audiovisuales con que responderán a
sus objetivos de comunicación de temas muy variados, mismos que ellos eligieron
y que estoy segura desarrollarán con pasión, porque el curso fue su elección y
no una imposición académica curricular.
Cierro estas líneas confirmando
lo que sentí en aquella primera ocasión hace una docena de años ¡me encanta
enseñar!